Madrugada en Montreal

Dieron las 4 de la mañana. Todos en la casa se empezaron a mover. Métete a bañar. Ya sube las maletas que están listas. ¿De quién es esa chamarra? Vamos a buen tiempo. Su vuelo sale a las 7. El mío, a la 1. Yo sigo dormido. Adiós Javier, nos vemos allá. ¿No te quieres subir al sillón?

Apagan la luz. Se oye el ruido del garage cerrando. Me quedo solo.

Por alguna razón, del silencio en mi cabeza empieza a hacer eco muy fuerte una de las canciones que cantamos cuando en primaria me fui de intercambio a Cincinnati. Una, para cantar un canto que nos una... Se acerca la hora de partir y me empieza a caer el veinte de muchas cosas.

Aprendí que a veces puede ser divertido coquetear sin importar con quién.

Que hay personas con quienes me puedo encariñar muy fácilmente, pero luego olvidarlas con la misma facilidad.

Que estar a solas al lado de una chava guapa viendo las estrellas en la noche oscura y despejada en el jardín de una tranquila cabaña junto al lago podría ser la situación más romántica del mundo, pero también puede no serlo.

Que 3 años se pasan muy rápido.

Que las personas vienen y van, cambian de lugar, pero los corazones se quedan.

Que los amigos de mis amigos son mis amigos, y no quiero dejar de verlos.

Que no importa cuántos souvenirs compres, al momento de partir no son nada comparado con las ganas de quedarte.

Que lo que me duele del "regreso a la realidad" no es regresar a trabajar, sino dejarte aquí.

Que, habiendo tantas personas a quienes quiero dedicarles tiempo en mi vida, más vale encontrar una forma de ganarse la vida que no requiera de mucho tiempo.

Que el sentirse solo o acompañado no tiene que ver con quién esté a tu alrededor, sino quién está en tu interior.

Que no importa si tengo 26 años o 12, no importa si es Montreal o Cincinnati, en muchos sentidos sigo siendo el mismo.

Empieza a salir el sol. Es buen momento para verificar las maletas.

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1 comentario:

Andrea dijo...

Qué bonito.
Qué cierto.