Y ese tema del sueño cumplido ya es un tema muy choteado no solo en este blog, sino en mi vida.
Clases de japonés
Y ese tema del sueño cumplido ya es un tema muy choteado no solo en este blog, sino en mi vida.
Época de nostalgia...
Época de recordar que hace un año yo estaba allá,
pero ya estaba solo, nostálgico.
De organizar una que otra foto que quedó fuera de lugar.
Y alguna que otra que había sido olvidada.
Época de recordar.
Época de contar los días para que los de este año regresen.
Aunque no los conozca,
pero como si yo regresara por segunda vez.
Época de darme cuenta de que ocho meses en 2009 fueron mucho más largos
que los mismos ocho de 2010.
Que aprendí más.
Que conocí más,
aunque quizás no abracé tanto.Época de ver fotos de los que ya regresan,
de reconocer algunos lugares,
y ver que otros cambiaron y nunca volverán a ser iguales.
De darme cuenta de que no sé cuándo acepté que ya fue "hace mucho".
Época de querer describir un día cualquiera aquí, un día cualquiera allá,
y los detalles se esconden
y cuesta trabajo encontrarlos.
Y no lo escribo,
y se queda en borrador en la tercera línea.
en Yokohama,
en Nagoya,
en Hiroshima y otra vez en Tokyo.
Las largas noches en autobús con paradas al baño cada dos horas.
Las madrugadas abandonado en una banqueta cerca de la estación,
demasiado temprano para encontrarla despierta.
Dos horas de regreso en shinkansen,
jugando Zelda en el Nintendo DS.
Es época de cenar en el Okuma.
Época de adivinar de dónde son las fotos de Felipe.
De ponerme al corriente escuchando las grabaciones pasadas de Mexicanos En Japón.
De acordarme de cuando no los escuchaba grabados de varias semanas atrás,
sino que chateaba con ellos,
en el mismo huso horario.
Época de, de alguna extraña manera, extrañar esos chats con Manuel, con Felipe,
con Rigo, con Esdras y el tocayo,
cuando, como hoy, me aburría en el trabajo.
Lentos chats en Twitter que me hacían sentir menos solo,
en esa época en que estaba yo allá,
pero ya estaba solo, nostálgico.
Época de querer retomar el blog,
y darme cuenta de que siguen habiendo más escritos el año pasado que éste,
y darme cuenta de que últimamente,
--como cuando aprendí a escribir, hace unos ocho años--
con la nostalgia me es más fácil que con la alegría.
Y darme cuenta de que últimamente no he escrito tanto,
así que las cosas, a final de cuentas,
no andan nada mal.
En casa
Primeras lluvias
Dándole RESET a la nostalgia
Desenamorarse
Como hace un año
Sayonara – parte 2 (de 2)
A pesar de lo que esperábamos, no hice grandes amigos en el JICA Tsukuba. Álvaro (PGY), Javier (ARG), Adrián (NIC), Matías (URU) y desde luego Juan me caían muy bien, sin embargo la verdad es que fuera del comedor no me juntaba mucho con ellos. Más gente iba y venía, iba y venía.
Toda mi vida había dicho que mi mayor miedo en la vida era quedarme solo. Curiosamente, las últimas semanas en el JICA Tsukuba me volví muy solitario, muy retraído. En especial desde que se fueron Álvaro y Javier. Por esas fechas llegaron muchos más latinos. Llegaban y se iban. La verdad yo les perdí la cuenta, no los ubicaba. Yo iba a cenar y me sentaba en una mesa solo, comía rápido, y de regreso al cuarto. Curiosamente, me sentía más cerca de los #MexInvJpn en Twitter y en los blogs, que de la gente que llegaba a JICA. Tal vez tenía que ver con distintas maneras de ser, diferentes temas de conversación… no sé. Pero creo que eso de volverme retraído no me hizo mucho bien.
Se me quitaron las ganas de viajar; ya no estaba mi compañera habitual y no me hallaba con nadie, y preferí ahorrar un poco de dinero para la supervivencia tras el regreso. Tooodo el tiempo resonaba en mi cabeza la canción Navegante de Fernando Delgadillo, por eso de que antes soñaba que iría a muchos lados, pero solo no dan ganas de viajar. Y esos acordes menores del piano y cello acompañaban muy bien a la nostalgia.
La nostalgia de que se acababa el sueño, la nostalgia de a veces no querer volver (¿Por qué no, mejor todos mis amigos y familiares se vienen para acá?). La nostalgia de sentirme solo y ya querer volver, ver a mis amigos, querer salir de la rutina de JICA, de estar harto del curso, de que el sensei me diera el avión cada vez que le decía “ya acabé… ¿qué más hago?”. En ese sentido, en el sentido académico, sí, el sueño superaba por mucho a lo que obtuve. Y eso, eso también da nostalgia. No nostalgia de Japón, sino nostalgia del sueño que tenía.
Y de todo lo que hice para conseguirlo.
Hace pocos días tuve oportunidad –por fin— de ver la película UP, de Pixar (o, como dirían aquí, La casa voladora del viejo Carl). Me encantó. No se las voy a contar, pero uno de los temas principales que maneja la película es los sueños; qué pasa cuando no se cumplen, que pasa cuando sí se cumplen. Qué pasa cuando llevas toda tu vida soñándolo, y cuando por fin lo cumples parece más sencillo de lo que soñabas (¿es por eso menos maravilloso?).
Es difícil empezar un nuevo sueño cuando acabas de cumplir uno, pero no hay de otra. Como me dijo una vez Pablo Merino, “Lo que te hizo ser lo que eres hoy, probablemente es lo que no te está dejando seguir creciendo.”
Otra cosa interesante que me cayó el veinte, ya en el avión de regreso, es que a veces no nos damos cuenta de que el proceso para cumplir una meta puede ser tan disfrutable como el sueño en sí, y muy productivo.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de todas las cosas que logré hacer por tener en mi mente la idea de venir a Japón en 2009. Renuncié sin dudarlo a un trabajo en una gran empresa justo cuando más empezaba a tener reconocimiento de mis superiores, y estaba cerca de subir a un puesto importante. Hice una maestría (me pagué una maestría), aguantando algunas clases que no me gustaban, teniendo que ir a clase después del trabajo y hacer tareas en las noches y fines de semana. Logré terminar mi tesis a pesar de que al principio no tuve mucho apoyo de mi asesor, y hubo varios momentos en que sentía que ya no podía más (porque mi cabeza no daba para más), y la iba a abandonar. Durante más de dos años estudié con muchas ganas un idioma que no es nada fácil, que no cualquiera lo intenta (aunque debo admitir que esto del idioma fue muuy disfrutable y divertido:) ). Vaya, ¡hasta me despertaba temprano los sábados! Aguanté dos años en un trabajo en el que, si bien estaba muy a gusto, con buen ambiente, y me pagaban muy bien, las neuronas ñoñas de mi cerebro constantemente me reclamaban “¿¿Qué haces aquí?? ¡No estás aprendiendo nada! ¡Este trabajo no es para ti, ya no estás creciendo en capacidades, no estás ganando experiencia!”, y renuncié cuando más acoplado y cómodo estaba…. Todo eso lo hice por una única razón. Venir a vivir a Japón en 2009.
¿Qué sigue ahora? Pues ponerse más metas. Concretas. Por lo pronto, quiero regresar a Japón, en 2011, ahora de vacaciones, tres semanas. Sí, tres semanas. Agosto o septiembre me suenan bien. ¿Cómo? Ah, eso se irá viendo en el camino. Desde luego necesitaré dinero y tiempo (y con “tiempo” me refiero a no tener que trabajar esas tres semanas). Sí, no suena fácil, pero tampoco tan difícil. Además, si sólo intentáramos las cosas fáciles, no llegaríamos a ningún lado.
Eso, entre otras cosas.
Cuando llegué a Japón, tenía una pequeña herida en el pie, me había lastimado por unos zapatos nuevos demasiado ajustados. Acababa de lastimar a alguien, acto del cual no me siento orgulloso, pero creo que de alguna u otra manera era necesario e inevitable. Sabía un par de cientos de kanjis, y venía con la disposición de aprender varios cientos más. La emoción de todos los lugares que tenía por visitar, y toda la gente nueva que tenía por conocer, los sabores que iba a probar, hicieron que las veintitantas horas de viaje y quince horas de diferencia me hicieran lo que el viento a Juárez.
Durante mi estancia pasaron muchas cosas. En Japón, en México y en el mundo; dentro y fuera de mí.
En mi penúltimo día, Japón me despidió con un triste día nublado y frío. Lo cual fue el pretexto perfecto para no salir de mi cuarto más que para dar la presentación y para despedirme de los compañeros. Y así, Japón se despide con un frío muy similar a aquél que me dio la bienvenida en marzo, y que se sentía tan cálido.
Por ahora, me despido de Japón. Este blog existe desde antes de que supiera cómo iba a ir a Japón, así que seguirá existiendo después. Sólo dejarán de aparecer más entradas etiquetadas “desde Japón”, y tendré que ajustar el título de nuevo. A lo que sí probablemente le baje es al Twitter; no tengo planes de estar pegado a la computadora todo el tiempo en estos días, y no tengo twitófono portátil.
Me despido de Japón. Es un país maravilloso sí, pero gran parte de la experiencia fue gracias a las personas con las que estuve. Definitivamente no hubiera sido lo mismo sin Bio, o sin Juan, o sin Lau, Vane; Álvaro, Javier, Adrián, Raoul, Abraham, Emanuel, Miguel, Eva, Diana, Kary, Nacho, Toño, Toño, Pakito, Paco, Cheché, Caro, Alan, Jesica, Roger, Paty, Ismael. Los otros mexicanos en Japón que, ya con más experiencia acá, me apoyaron muchísimo aunque fuera virtualmente: Felipe, Esdras, Manuel, Rigo, Carlos, Javier, Piroshi, Pelon…
Y también gracias a cada uno de los japoneses que le dieron al país ese toque de calidez inesperada: el staff del OSIC; el señor del combini que nos guió hacia DenDenTown; el vendedor que me vendió mi cámara con un descuentazo (y hablándome en español!); Hayami sensei, Miyamoto sensei y Nishishima sensei; la vendedora de JTB que tuvo toda la paciencia del mundo para vendernos el tour a Niigata; la dueña del hotel en Niigata que nos dio asilo muchas horas antes y muchas después de las pagadas; la señora que nos vio perdidos en Kyoto y ofreció ayuda; la otra que en el tren nos avisó que el otro llegaba más pronto; la asociación de Rotarios que nos hizo una fiesta; la señora que me regaló un sombrerito samurai de papel el día del concierto de piano; Ikeda san, la asistente del AIST, que siempre nos ayudaba muchísimo con cosas de la vida diaria; Okazaki sensei que nos hablaba de salsa cuando esperábamos que nos regañara por atrasos en el proyecto; Ashida san, Ogura san, y Mizuhara san, que siempre impregnaban de buen humor al AIST; Om que compartió la experiencia de ser un extranjero (ya mucho más adaptado); Kitaura san y el resto del staff de recepción de JICA Tsukuba; Miwa chan y todos los del shokudo; Kashiwagi san que cientos de veces firmó mis permisos de salida; Ogura san y la maestra de japonés que estaban al pendiente de las actividades en las que quería participar; todos los que en la calle nos guiaron cuando andábamos perdidos; todos los niños que nos regalaron sus sonrisas… y si me faltó alguien, gomen nasai…
Regresaré, Japón, regresaré. A conocer Hakone y subirme al Fuji; a pararme de cabeza a contemplar el puente al cielo de Amanohashidate; a contemplar las casitas de Shirakawa-go y las islas empinadas de Matsushima; a disfrutar de Okinawa, a visitar a mis amigos mexicanos en Nagano, Kyushu, Fukuoka, Gifu, Chiba y Tokyo (¿faltó alguno?); a tomar cerveza Sapporo en Sapporo; y a conocer todos los otros rincones que me faltan y que seguro ni imagino su belleza.
Sí, regresaré. Pero antes, tengo que conocer de cerca el Pico de Orizaba, tengo que navegar por el Cañón del Sumidero y subirme a las pirámides de Chichen Itzá, pasear en globo por arriba de Teotihuacán, nadar en Isla Mujeres, subirme al turibús en el DF y conocer todos los otros rincones maravillosos que aún no conozco, y que no he ido simplemente por el hecho de que puedo ir cualquier día.
Pero sí, después de todo eso, regresaré. Así que esto no es un sayonara, es sólo un mata ne.
寝ることができない (Anketao kuro, yotoiko mobuo)
Me metí a la cama hace más de dos horas. Ya no tengo nada que hacer, y mañana TENGO que irme en el autobús, porque el lunes dejamos las bicicletas allá. Así que mañana tengo que levantarme temprano.
Pero no puedo dormir. En mi cabeza hay demasiadas cosas gritando al mismo tiempo y no alcanzo a entender ninguna. Creo que es una mezcla de felicidad, nervios, miedo, emoción, tristeza, nostalgia, e impaciencia, embarrados con una canción de Delgadillo (por eso de que antes soñaba que iría a muchos lados, pero solo no dan ganas de viajar) y tratando de pensar en algo padre para escribir aquí como cierre del viaje. (Para los que andan medio perdidos, me quedan menos de tres días en Japón).
Desde ayer Buda decidió que estaba impaciente por que llegara Santa Claus, así que de repente se soltó un frío navideño que de alguna manera me hace recordar a marzo, cuando llegué. Eso está padre, pero la calefacción ochentera de mi cuarto tiene un termostato que empieza a echar aire FRÍO cuando considera que el cuarto ya está caliente. Así que la temperatura va de muy caliente (y seco) a muy frío (y ventoso), y eso no ayuda.
Cuando apago el aire, no se escucha ni un sonido en todo el pasillo. Sólo mi panza que de repente gruñe (¿me caería pesado el soba?) y el escándalo dentro de mi cabeza.
Y el pitido del reloj, que acaba de dar la una.
El paso del tiempo
Los japoneses son muy comeaños. Todos se ven jóvenes, o al menos a nosotros todos nos parecen más jóvenes de lo que realmente son. Los ancianos son muy saludables, es una población muy longeva. Puedes ver a ancianos jugando con sus nietos (justo ayer en el parque junto al JICA vi a uno colgado cual chango de un soporte de columpios), haciendo ejercicio, incluso escalando el monte Fuji. Parece que en su cuerpo no hay marcas del paso del tiempo, o son más lentas.
Sin embargo, para equilibrar el asunto, su ambiente está lleno de ellas.
Llegamos a Japón en marzo, muy emocionados porque nos tocaría pronto el famoso hanami 花見, es decir, ver el florecimiento de las sakuras. Esos árboles que se ponen todos rositas en primavera. Cuando nos dijeron que sólo duraban una semana, a lo mucho dos, no les creímos.
Nos dijeron que sólo tendríamos un fin de semana para verlas si queríamos ir a algún lugar lejos; nuestras opciones eran Himeji, Kyoto, Nara o el Castillo de Osaka. Se veían por todos lados (incluso desde la ventana del salón), y tomaron muchos días en crecer, por lo que nos costaba trabajo creer que desaparecerían tan pronto y así.
Pero efectivamente, un día empezó a nevar petalitos rosas, y la semana siguiente ya estaba todo verde.
Algo a lo que nos acostumbramos a ver por todos lados, de repente desapareció.
Otra cosa muy efímera y muy característica de aquí son las cigarras. En verano, de repente empieza a hacer mucho calor, y durante el transcurso de dos o tres días gradualmente empieza a haber muchas cigarras (semi 蝉). Y de repente te das cuenta de que por todos lados se escucha un omnipresente chillido compuesto de distintos sonidos diferenciables, que alguna vez escuchaste en alguna caricatura japonesa.
Igualmente, ya que te habías acostumbrado a escucharlo y tu oído por default lo filtraba, un día empiezas a ver bichotes muertos por el suelo, y al día siguiente un estridente y pesado silencio se mete a tus oídos como si estuvieran sumergidos en mercurio. No más cigarras, hasta el año que viene.
Cuando llegué a Tsukuba, por todos lados estaba lleno de terrenos con lodo. Me dijeron que eran campos de arroz. Un día el lodo amaneció inundado. Puesto que crecí rodeado de edificios, no tenía idea de cómo es el arroz antes de llegar al costal que está en los supers. Pero sí, un día me tocó ver una especie de tractor que iba entre el agua acomodando perfectamente unos ramitos, clavándolos en el lodo cada 25cm.
Los ramitos fueron creciendo, el agua fue desapareciendo, y un día me di cuenta de que todo lo que era horrible lodo junto al que tenía que pasar para llegar al instituto, ahora estaba todo cubierto de verde.
Luego empezaron a salir los granos, y se empezó a poner amarillesco.
Pero todo ciclo termina, y una mañana me di cuenta de que ya había llegado el día de la cosecha.
Así, aunque los japoneses no tengan marcas en su cuerpo que les recuerden el paso del tiempo, su ambiente no se los perdona.
No me queda mucho tiempo en esta estancia en Japón. Durante dos años trabajé para llegar aquí. Ayer ya se fue la persona más importante para mí. A mí me queda un mes. Todavía me quedan muchos lugares por conocer, pero por un lado ya estoy un poco cansado del ajetreo de hacer y deshacer maletas, subir y bajar del shinkansen, sacar (y no meter) dinero, pasar la noche en autobús, reservar cuarto de hotel. Por otro lado, no es tan padre viajar solo. Y por otro lado (porque es triangular el asunto), sé que nunca voy a terminar de conocer Japón, al menos no en un año, no ocupando sólo los fines de semana. Así que, con lo que alcance a conocer, me doy por muy bien servido, y ya regresaré algún día para todo lo que me falte.
Playlist para la nostalgia
Cuando me empieza a entrar la nostalgia por México, nada más pongo esta playlist y ya (tenían cierto orden pero aquí ya se revolvieron... o más bien se pusieron en orden alfabético):
(Lo sé, Les Luthiers son argentinos, pero su parodia es muy buena y la canción está muy bien hecha también).
Ahora que si lo que quiero es que mi mente de inmediato vuelva a Osaka, a esos hermosos atardeceres de Ibaraki desde el octavo piso del OSIC, sólo necesito una canción. =)
Tsukuba Chronicles
Muchos altibajos.
Desde que subí al tren, rumbo a Kyoto, el mismo tren al que ya me había subido muchas veces... desde antes de llegar a Kyoto, ya los extrañaba.
Hace un par de semanas, todavía, cualquier día que quisiera, podía volver al Expo Park a ver las zonas que me faltaron conocer. Cualquier día podía volver al restaurante de carnes, o al de hamburguesas que me recomendaron Abraham y Emanuel. Cualquier día iba a grabar todo lo que hace la tele digital que nos pusieron en el cuarto. En cualquier momento podría en la tarde lanzarme a Osaka a comprar electrónica en Yodobashi. O simplemente bajar al Karaoke y ponerme a cantar con Bio. Cualquier día de estos.
Y hoy, durante el tren, me di cuenta de que ya no. Mi estancia en el OSIC ya es parte de mi pasado. A veces me gusta pensar que pasado, presente y futuro finalmente son parte de mi vida y de alguna manera coexisten, así que siempre será parte de mi vida. Pero la verdad es que nunca me había puesto a pensar que podía usar las palabras "OSIC" y "pasado" en la misma oración.
Nos subimos al Shinkansen. Gran decepción, yo pensaba que era magnético. Que no, que de ésos sólo hay en China y algunos 'de prueba' acá. Pero sí está padre, sí va rápido. Aproveché el tiempo para editar el video del museo de ciencias, que pronto subiré.
Llegamos a Tokyo, ya un poco cansados de cargar tanta maleta. Hasta el señor que nos iba a llevar a Tsukuba se andaba perdiendo entre tanto tren. Ahí fue donde me cayó el veinte de que ya no estoy en Osaka. Ya me había acostumbrado a nombres de estaciones como Takatsuki, Morinomiya, Koenhigashiguchi o Sennichimae. Pero de pronto, esos nombres familiares ya no estaban. ¿"Ueno"? ¿"Tsuchiura"? ¿"Shinagawa"? ¿Qué es eso? ¿Dónde estoy?
Algo más. Quizá fue una primera impresión errónea, quizá estaba cansado, pero me pareció que la gente en Tokyo es bastante menos amable que la gente en Osaka. Bueno, ya lo averiguaremos con el tiempo.
Después de subir las maletas a un camión que hacía paradas con nombres extraños, y caminar 20 minutos atravesando unos condominios en medio de la nada, por fin llegamos al centro de Tsukuba. El señor se despidió diciendo "nos vemos el jueves para que los lleve a hacer su registro de extranjeros" y huyó. Las de recepción nos dieron nuestras llaves y ya. No hubo bienvenida, no hubo sesión de orientación, ni siquiera nos dijeron cómo usar el internet, dónde está el comedor nada. Es más, ni un triste mapa de "aquí estamos, la estación de tren está acá." Nada. (Gracias OSIC por sí hacer todo eso desde el primer día!!) Hasta el jueves.
¿De qué sirve que nos trajeran acá desde hoy (separándonos de todos los demás que pasearán durante la semana de vacaciones), si ni nos van a dar la bienvenida?
Subimos a los cuartos, a un pasillo bastante oscuro con un techo muy bajo.. para llegar a mi cuarto, 526. Ya me había encariñado con el número 432. Pero no, ese número ya no significa nada en el presente. Ahora es 526. Me lo debo aprender, 526.
El OSIC parecía hotel 5 estrellas. Esto parece un hostal. Muy chiquito, muy encerrado, muy oscuro... con solo una ventanita que, eso sí, da a una vista bonita... pero está tan chiquita que ni se puede asomar uno bien. La cama da a una pared blanca vacía. El aire acondicionado está justo junto al escritorio. La lámpara-reloj no podría ser más ochentera. Tengo varias repisas, pero me faltan cajones. No llega luz al closet, a la entrada. Y extrañé a Bio y a todos. Empecé a pelear con el internet porque mi compu no conectaba.
Extraño al MYCAL. Extraño al JICAbus cada hora, el JICAbus arrancando en punto mientras corríamos en un inútil intento por alcanzarlo. Extraño mi balcón, mi vista al techo del comedor. El comedor lleno de ventanas, iluminado. El amanecer entrando a todo mi cuarto puntualmente a las 6:31 cada mañana. El despertador que nunca oí, el radio, la tele en la que podía jugar al niño recogeflanes, la máquina de helados afuera del comedor, el salón de billar y la máquina de cervezas. El karaoke ruum. Los patos del lago. El Manekiya, el monigote feo del Expo Park, el monoriel pasando por la ventana de mi salón de clases de japonés.
Extraño a Bio, a Lau, a Vane, a Emanuel, a Abraham, a Miguel, a Toño, al "Tocayo Gozaimas", a Clau, a Eva, a Diana, a Nacho, a Alan, a Cecy, a Paquito, a Paco, a Kary, a Caro, a Alicia, a Jesica, a Roger, a Luis, a Paty... hasta a Ismael jeje.
Fuimos al konbini a comprar algo para aguantar el hambre. Parece ser que no hay otra cosa cerca. Sólo un konbini llamado "Mini Stop". ¿Dónde quedaron el Lawson y el Family Mart?
De regreso, después de pelear un rato con la compu, luego no entender el nuevo sistema de pago del comedor --que tiene los mismos platillos pero medio insípidos--, y volver a pelear con el internet, bajé al salón de cómputo a mandar mails y desahogarme.
Al ir rumbo al cuarto me interceptaron un nicaragüense y un cubano bastante amigables. Se quedarán aquí también hasta noviembre. Cuando se estaba saliendo del elevador, el nicaragüense dijo que mañana iba a ir a Akihabara. Si no lo alcanzo mañana en la mañana, tendré que pedirle que me explique cómo llegar. No debe ser difícil.
El centro realmente está padre. Tiene muchas salas, "Music room" con varios teclados, varios jardincitos, muchos aparatos en el gimnasio, y hasta alberca. Enfrente hay un parquecito bonito.
Es sólo que ya me había malacostumbrado al cuartote del OSIC. Y que no estaba preparado para venir tan pronto. Pero pronto me adaptaré.
Sé que añorar lo que quedó en el pasado no es bueno; hay que tratar de hacerlo mejor en el futuro, conocer todo lo nuevo que nos espera.
Es sólo que estoy cansado.
Pronto actualizaré este post poniendo las fotos correspondientes... tal vez.
Jvr ahora está aquí.
Ya me había encariñado con todas las marcas que hice en el mapa, por todo Kansai.
Ahora tengo todo el Este vacío, y 6 meses más para llenarlo de marquitas.
¿Qué les dije?
Originalmente iba a postear sobre cosas de la cultura japonesa como la puntualidad y el no poder decir que no, pero acabo de entrar en shock y como buenos ciberlectores ustedes merecen estar informados.
¿Se acuerdan de lo que les había comentado sobre el viaje hace cuatro meses?
Y también, hace siete meses, dije...
Aquí en Japón, los primeros días de mayo son de vacaciones, se conoce como Golden Week. Como saben (y si no, les cuento), todos los mexicanos que vinimos aquí, estuvimos dos meses en Osaka para curso de japonés, y luego nos vamos a distintas ciudades para el curso formal. Ese cambio de ciudad es durante los últimos días de la Golden Week.
O al menos eso pensaba yo.
Me acabo de enterar de que, aunque todos se van el miércoles 6, yo me voy el sábado 2. En la mañanita. O sea que éste es mi último fin en el OSIC. Es el último fin de semana que paso junto con Bio, Laura, Vane, Miguel, John, Abraham, Emanuel, Eva, Diana, Claudia, Juan, Nacho, Francisco, Toño, Cheché, Alicia, Caro, Kary, Alan, Paquito, Jesica, Luis, Paty y Roger. Bueno, a Juan lo seguiré viendo los siguientes 6 meses, y definitivamente a los demás no será la última vez que los vea, de hecho hay planes de vernos mucho, pero... después.
Ahora sí, a estudiar; ahora sí, estar relativamente aislado; ahora sí a estar más solo. Sabishii さびしい。
Y lo que más coraje me da es que hoy buscando entre los papeles que me dieron muy al principio, desde entonces ya tenía la fecha en que me voy a Tsukuba. 2 de mayo. Pero en ese entonces ni sabía bien de la Golden Week, y ni me imaginaba lo fuerte que iban a ser los lazos que iba a formar con la gente. Y ya estaba haciendo planes para esos días. Pero ya no.
Hace algunas clases, la maestra de japonés nos preguntó, "si pudieran regresar a vivir un día de su vida, ¿cuándo sería?". Yo muy valiente le contesté algo como "yo antes extrañaba mucho algunas etapas de mi vida... pero ahora ya no; las recuerdo con cariño, pero estoy seguro de que el futuro será igual de bueno o mejor."
No es tan fácil decir eso cuando estoy a una semana de cambiar de modo de vida, dejar atrás un lugar donde, por un lado ya me había acostumbrado a muchas cosas, por otro lado apenas me estaba encarrerando en conocer y disfrutar a las personas... bueno, en especial a una en particular...
Y sí, hay planes de que el futuro sea mejor... pero por hoy me entró el susto y un poco la frustración y tristeza.
El vecino de enfrente (creo que es Emanuel) ha estado escuchando música japonesa a alto volumen desde que empecé a escribir esto... muy curioso porque varias eran canciones que yo a veces oía antes de venir, ya sea por mis amigos del japonés (en especial Rubén y Andy) o ya fuera por los animes que veía... pero las escuchaba mucho en esa temporada en la que más soñaba con venir a Japón. ¡Ya estoy aquí! Como saben, a mí me mueve mucho la música... me teletransportaron a esa época... me generaron un sentimiento muy raro. Por un lado de satisfacción, de acordarme de cuando uno de mis más grandes sueños era llegar a donde estoy hoy. Por otro lado, ya me voy... ¿Qué pasa cuando cumples tus sueños? Hay que buscar otro inmediatamente.
También, buscando los links a los escritos que puse arriba, repasé los títulos de muchos de los escritos que he publicado aquí en los últimos meses... me di cuenta de las vueltas que ha dado mi vida, y que todas han sido para mejorar, así que supongo que lo que viene sólo puede ser mejor... como dices, las cosas pasan por algo, y si queremos, no puede ser de otra forma más que para bien.
En fin, ya estoy divagando mucho. Sólo me quería desahogar un poco. Tengo que hacer la tarea para que no nos regañe mañana la maestra por 4a vez en la semana.
Nostalgia después del viaje
Siempre he sido muy nostálgico. Me adapto muy fácilmente a situaciones nuevas, pero también las extraño mucho en cuanto terminan. Durante mi vida he tenido la suerte de realizar varios viajes "especiales" en el sentido de que no me fui solo a turistear, sino que de alguna manera llegué a formar parte de un grupo, convivir con ellos mucho tiempo en preparación para el viaje, y luego allá formamos una relación muy padre. El intercambio en la primaria: tres semanas en Cincinnati, acompañado por 10 compañeros de la escuela y otros tantos gringos que ya habían venido, precedidas por un par de meses de reuniones y de salir a pasear con nuestros invitados. Las Olimpiadas de Matemáticas en Argentina y en Oaxaca, después de varios meses de entrenamientos con competidores que terminaron siendo amigos. Incluso el viaje a Chiapas con la obra de teatro Esto es Amor, después de tantos meses de ensayo --aunque ahí no me encariñé tanto con la gente--, y la boda de Indrani en Canadá hace poco --aunque ahí no hubo tanta convivencia con el mismo grupo desde antes, ni era yo de los protagonistas del viaje. Pero en cada uno de ellos hubo al menos un momento --en ocasiones duró un par de días; en otras, un par de meses-- en el que me quería aferrar a las fotos y a los recuerdos, en que no quería regresar a "casa", en que no quería soltar a la gente con quienes viví allá.
Siempre me pasa. No quiero regresar.
Siempre me pasa, que quiero regresar. Regresar allá, pero al mismo hotel, al mismo cuarto, con la misma gente. Al mismo momento.
Por fin me empezaron a soltar datos sobre la logística para irme a Japón. A cuentagotas. Lo único que hicieron fue ponernos en contacto por correo con la gente que se fue el año pasado.
Sólo eso.
Empezaron a llegar los correos. Que si hay que llevar antitranspirante porque allá no hay. Que si el dinero de la beca alcanza bien si te administras. Que si la hora de llegada a los dormitorios es a las 11pm, pero después puedes entrar por la puerta de atrás, mejor conocida como La puerta de los latinos.
Por ahí entre los mails se coló un video en Youtube, de la gente que fue en 2007. Por curiosidad y emoción, fui a verlo. Y de ahí fui a otro. Y luego a otro. Casi todos de cuando estaban a punto de regresar.
Desde hace tiempo estoy muy emocionado por mi viaje a Japón. Por ver las cosas de allá, y conocer los lugares, y lo que voy a aprender. Hay algo que no había tomado en cuenta. La gente. La gente que se va de aquí conmigo. La gente latina que voy a conocer allá y con quien voy a compartir mucho tiempo.
Después de un buen rato de estar viendo videos, estos chavos lograron contagiarme de su nostalgia. Todavía faltan 3 meses para que me vaya, y ya siento nostalgia. ¿Cómo es posible que me transfirieran ese sentimiento?
Esa nostalgia "falsa" es buena. Esa nostalgia que no es mía, sino de los compañeros de JICA '07, y que yo adopté por un momento, me servirá para nunca olvidar que debo de disfrutar al máximo cada momento oriental.
Ya recuerdo con orgullosa nostalgia cuando decidí entrar a clases de japonés en la AMJ, en esos salones apretaditos... Cuando busqué para mi tesis un tema que tuviera que ver con el curso... Cuando entré a las clases en el ICMJ... Cuando decidí renunciar a hp y decirles a Roberto y Erik "me voy a ir a Japón"... Cuando escribí en el hi5 mi perfil, "buscando una beca para ir a Japón..." Cuando le advertí a todo mundo en GNP que algún día no muy lejano me iría...
Hace un año... aún recuerdo lo que estaba haciendo hace un año. No fue hace mucho.
Dentro de un año ya habré regresado. Y estarán viendo videos como éstos, pero etiquetados "jica09", grupo del cual ya formo parte.
Definitivamente tengo que conseguir una buena cámara.
Hace no mucho tiempo alguien me dijo que no quería iniciar una relación por el dolor que implicaría terminarla. Y mi mejor amigo apoyó su opinión. Hoy, por un instante, un par de neuronas --que fueron secundadas por un par de fibras cardíacas-- tuvieron miedo de empezar el viaje, por la nostalgia que tendré cuando termine. Esas dos neuronas ya fueron debidamente sacrificadas, y ahora estoy más emocionado que nunca por partir.
Pronto seguramente empezarán a aparecer aquí nombres como Jesica, Juan Manuel, Miguel Ángel, Kary, Roger, Luis... y quién sabe qué otros nombres de otros países. Pronto, los escritos estarán etiquetados "desde Japón". Pronto estaré aquí.
Y todo empezó un día a mediados de 2006, con un póster que vi en el CIDE, el día del examen profesional de Indrani. "Convocatoria 2006. JICA-CONACYT. Programa de intercambio México Japón..."
Enlaces relacionados (si los ponía en el texto se me iban a distraer más)
Madrugada en Montreal
Dieron las 4 de la mañana. Todos en la casa se empezaron a mover. Métete a bañar. Ya sube las maletas que están listas. ¿De quién es esa chamarra? Vamos a buen tiempo. Su vuelo sale a las 7. El mío, a la 1. Yo sigo dormido. Adiós Javier, nos vemos allá. ¿No te quieres subir al sillón?
Apagan la luz. Se oye el ruido del garage cerrando. Me quedo solo.
Por alguna razón, del silencio en mi cabeza empieza a hacer eco muy fuerte una de las canciones que cantamos cuando en primaria me fui de intercambio a Cincinnati. Una, para cantar un canto que nos una... Se acerca la hora de partir y me empieza a caer el veinte de muchas cosas.
Aprendí que a veces puede ser divertido coquetear sin importar con quién.
Que hay personas con quienes me puedo encariñar muy fácilmente, pero luego olvidarlas con la misma facilidad.
Que estar a solas al lado de una chava guapa viendo las estrellas en la noche oscura y despejada en el jardín de una tranquila cabaña junto al lago podría ser la situación más romántica del mundo, pero también puede no serlo.
Que 3 años se pasan muy rápido.
Que las personas vienen y van, cambian de lugar, pero los corazones se quedan.
Que los amigos de mis amigos son mis amigos, y no quiero dejar de verlos.
Que no importa cuántos souvenirs compres, al momento de partir no son nada comparado con las ganas de quedarte.
Que lo que me duele del "regreso a la realidad" no es regresar a trabajar, sino dejarte aquí.
Que, habiendo tantas personas a quienes quiero dedicarles tiempo en mi vida, más vale encontrar una forma de ganarse la vida que no requiera de mucho tiempo.
Que el sentirse solo o acompañado no tiene que ver con quién esté a tu alrededor, sino quién está en tu interior.
Que no importa si tengo 26 años o 12, no importa si es Montreal o Cincinnati, en muchos sentidos sigo siendo el mismo.
Empieza a salir el sol. Es buen momento para verificar las maletas.
Llegando tarde a casa
Hace tiempo escribí un post en el que me quejaba de que no había nada en mi vida como cuando en la universidad me quedaba a los ensayos de teatro o de los espectáculos musicales.
En ese entonces, me dedicaba las primeras diez u once horas del día a las clases, tareas, laboratorios, investigaciones, prácticas (porque a veces hasta se nos olvidaba comer), y cuando llegaba la noche subía al 4o piso del edificio del gimnasio para ponerme otras tres horas a cantar, bailar, actuar... sudar.
Creo que los semestres que más disfruté fueron séptimo y noveno. En séptimo con Niña de Sombra y la XX SC (foto), el noveno con Beatlemanía. Me acuerdo muy bien que llegaba a mi casa ya como a eso de las 11 de la noche. Mis papás ya dormidos; muchas veces me dejaban algo de cenar, otras veces me lo preparaba yo. Recuerdo que llegaba yo solo al comedor, tratando de no hacer mucho ruido para no despertarlos, y mientras cenaba me ponía a ver a David Letterman. Y me ponía a reflexionar sobre el día. Me ponía a reflexionar cómo, a pesar de lo cansado que estaba ya en ese momento, había sido un buen día. Porque no sólo dediqué la mayor parte del día a lo que la gente hace "normalmente" --la carrera-- sino que además aproveché mi "tiempo libre" no para rascarme la panza, sino para estar con mis amigos y construir algo. Porque eso es lo más satisfactorio de ese tipo de espectáculos. Estar con gente que aprecias y sentir que juntos están construyendo algo.
Primos y amigos, ajenos a ese medio, me cuestionaban que por qué lo hacía. Que si me pagaban por las funciones que daba. No hubiera estado mal que lo hicieran, sin embargo mi motivación era otra. Y así terminaba el día junto con David Letterman; muerto de cansancio pero con la sensación de "hoy fue un buen día, estuvo bien aprovechado". Y al día siguiente, como si nada, listo para el laboratorio de electrónica a las 7 de la madrugada.
Y hace tiempo que extrañaba ese sentimiento.
Como algunos saben, hace como 3 de meses entré a un negocio, cuyas actividades en su momento prometían ser un buen sustituto para esas actividades "después de lo normal" que tanto extrañaba. Sin embargo, como también saben (y he recalcado en los últimos posts de aquí), llevo muuucho tiempo "terminando" mi tesis de maestría. Y mientras no la terminaba, cada vez que le dedicaba mi "tiempo libre" a otra cosa, por muy bien que lo hiciera, al final terminaba con un sabor de boca de "hoy pude haber avanzado con la tesis... y no lo hice."
Ya terminé. Me faltan un par de artículos, y descubrir en qué playa del mundo están vacacionando mis sinodales y directores, pero ya terminé. Ya no puedo usar la tesis como pretexto para otras cosas.
Esta semana, por fin decidí lo que quería decidir desde hace 3 meses. Porque hace 3 meses entré al negocio, pero en realidad no desde hace 3 meses estoy participando en el negocio. Decidí a partir de ahora llenar ese hueco de aquel primer post, y dedicar mi "tiempo libre" a hacer crecer mi negocio. Hoy busqué a Lysett y a Ernesto, viejos amigos que hace tiempo no veía, para platicarles.
Llegué a mi casa a las 11:30 de la noche. Mientras cenaba, me puse a ver a David Letterman. Y tuve de nuevo ese sentimiento. Dediqué la mayor parte del día a mis actividades "normales", y luego dediqué mi "tiempo libre" a convivir con mis amigos, mientras estoy construyendo algo grande. Terminé el día muy cansado, pero con el sentimiento de que fue un día bien aprovechado, y de haber visto a gente que quiero. Y además, sé que estoy un paso más cerca de mi sueños, y que estoy ayudando a mis amigos a lograr los suyos. Seguramente mañana me podré despertar temprano.
Y ahora sí, me pagan por hacerlo.
Tengo que dejar de ir al Tec.

Tengo que dejar de ir al Tec.
Cuando terminé de hablar con mi asesor (me quedan dos semanas para acabar), apenas empezaba a oscurecer; más por lo nublado del clima que por la cercanía de la noche. Creo que no he terminado de romper esa asociación entre las nubes y la tristeza. Sé que está en mí la decisión sobre ponerme triste o no, pero hoy no pude evitarlo.
Volteé a ver el cielo color concreto. Ya no tuve ganas de ir a correr. "En unos 20 min ya va a estar lloviendo, y de cualquier manera para cuando acabe ya va a estar anocheciendo. Mejor... mejor ya me voy a la casa a tratar de terminar la tarea de japonés. Sí, ya me voy..."
No hice el mismo recorrido que hace dos semanas, sin embargo por alguna razón no tenía ganas de irme así como así. Crucé de nuevo hacia el gimnasio. Me puse de pretexto ir a preguntar si iba a estar abierto en verano.
Ahora lo que están destrozando son mis Aulas Magnas, que --apenas me di cuenta-- de alguna manera eran salones a los que les guardamos cierto cariño. Eran.
Pronto me di cuenta de que lo que quería encontrar no eran mis antiguos salones, bancas o cafeterías. Lo que más me pegó hoy, más aún que el cielo gris, fue darme cuenta de que hoy no iba a tener la buena suerte de encontrarme a alguien querido. Todavía hace un mes, antes de que terminara el semestre, sí había personas queridas merodeando por ahí, esperando a que me encontrara con ellos/as en algún pasillo donde ninguno de los dos se supone que debíamos estar.
Pero hoy, todas las caras que me pudiera encontrar serían caras extrañas.
Ahora sí, ya no tengo nada que hacer allí.
Chocolate caliente
El transportec sale a las 9:20. Todavía falta un rato. Cruzo el pasillo de la planta baja de un edificio que después me acostumbraré a llamar "Oficinas 2". Estoy exhausto. Abrumado. Asustado. Preocupado por tantas cosas que hay que hacer (y mañana hay que ir al Servicio Militar), pero también feliz. No sé si estoy más preocupado o cansado o feliz. Creo que feliz. Y cansado. Una máquina de café. 6 pesos por un chocolate caliente. Cómo se me antoja un chocolate caliente. 21:07. Todavía hay tiempo de disfrutarlo. Mmm, qué rico chocolate. Me tranquilizo un poco. Todo va a estar bien.
Definitivamente estoy feliz.
Hoy, casi siete años después, 23 de mayo de 2008, es de nuevo viernes. Fui al tec a correr y a ver a mi asesor de tesis de maestría. Saliendo, todavía había luz de día, así que me di algo de tiempo para pasear por el campus.
Mi salón de Coro donde conocí a Ale y a Mariana y a tanta gente, que luego fue --sólo por un rato-- mi taller de mecánica, hoy es un changarrito de copias abandonado. Mi terraza donde comía todos los lunes, miércoles y viernes en primer semestre, y a donde me escapaba de los ensayos de Coro para estar abrazado con Mariana en segundo, ya está abandonada también. Mi salón de cómputo a donde ella me iba a visitar, ahora es un conjunto de oficinas. Mis pasillos de enfrente de la Prepa donde caminaba de la mano con Ale, ya están cerrados con jardineras o cafeterías. Mi papelería donde nunca atendían bien, ahora es un 7-eleven. Mi puerta por donde tenía que entrar con mi vocho los domingos cuando había ensayo de teatro, y donde esperaba mi transportec en las noches, está clausurada y ya no pasan coches por ahí. Mi cafetería donde iba a comer un sándwich de pollo con ensalada de zanahoria después de ir al gimnasio, ahora es un salón de maestros. Mis primeros laboratorios de electrónica donde aprendí a llenar protoboards con marañas de cables, y donde conocí a quien se volviera uno de mis mejores amigos, ahora son salones de medicina. Mi estacionamiento al aire libre donde dejaba mi otro vocho cuando cantaba en graduaciones ahora está invadido por oficinas "temporales". Hasta mi camellón donde iba a comer tacos con mis amigos, está reducido a la mitad porque ampliaron la calle. Mi pasillo enfrente de la cafetería donde saludé por primera vez a Jessica, está oscuro y reducido a un tercio de su ancho por una pared de lámina porque el edificio está en construcción. Mi otro laboratorio de electrónica de donde me escapaba todas las mañanas de miércoles para estar un rato con ella, ya volvió a ser el Salón de Congresos; la mesa desde donde ella me saludaba ahora está invadida por un puesto de comida rápida. Mi nuevo edificio de laboratorios donde conecté tantos PLCs y maquiné tanto aluminio, está de nuevo clausurado y en construcción. Mi banca donde leí aquella carta hoy no está, y la pared está manchada con pintura de colores. Mi pasillo donde nos besamos ya está cerrado por más jardineras e invadido por parte de la construcción.
Pero en el pasillo de la planta baja de Oficinas 2, todavía hay una máquina de café.
Mmm, qué rico chocolate.
Funeral
Es la tercera vez en menos de un año que voy al velorio del papá/mamá de uno de mis amigos.
La mamá de Óscar, el papá de Benjamín... a ellos no los conocí. Pero a Gloria la conocí desde quinto de primaria; más de una vez hizo el papel, si no de madre, al menos sí de tía, las incontables veces que fui a casa de Alonso y hasta me quedaba a dormir en sus cumpleaños (15 de septiembre). Me acuerdo perfecto allá cuando vivía en Cerro de Jesús cómo Pasa, Alonso y yo nos pasábamos dos o tres días enteros seguidos jugando Bomberman, Mario Kart y NBA Jam. Cuántas veces nos hizo de comer Gloria, ya fuera comida normal de viernes o el tradicional pozole del 15 de septiembre (bueno, no sé si lo hacía ella). Luego cuando se cambiaron a Taxqueña, creo que a veces hasta nos subía la botana al cuartito de la azotea, y aguantaba nuestros gritos de Smash Bros hasta altas horas de la noche.
A ella sí llegué a quererla.
Quizás Alonso no ha sido mi amigo más cercano los últimos 7, 8 años, pero es a quien conocí hace más tiempo. Y creo que fue mi primer amigo que duró más que un ciclo escolar. Alonso no era de esos que eran tus amigos hasta que la maestra los cachaba platicando y los cambiaba de lugar, y nunca más volvías a saber de ellos. Alonso siempre estuvo allí cuando lo necesité.
Espero yo ahora estar apoyándote lo suficiente.


