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Época de nostalgia...



Época de recordar que hace un año yo estaba allá,
pero ya estaba solo, nostálgico.




Época de escoger fotos para decorar.
De organizar una que otra foto que quedó fuera de lugar.
Y alguna que otra que había sido olvidada.
Época de recordar.

Época de contar los días para que los de este año regresen.
Aunque no los conozca,
pero como si yo regresara por segunda vez.
Época de darme cuenta de que ocho meses en 2009 fueron mucho más largos
que los mismos ocho de 2010.
Que aprendí más.
Que conocí más,
aunque quizás no abracé tanto.

Época de ver fotos de los que ya regresan,
de reconocer algunos lugares,
y ver que otros cambiaron y nunca volverán a ser iguales.

De darme cuenta de que no sé cuándo acepté que ya fue "hace mucho".
Época de querer describir un día cualquiera aquí, un día cualquiera allá,
y los detalles se esconden
y cuesta trabajo encontrarlos.
Y no lo escribo,
y se queda en borrador en la tercera línea.


Época de repasar uno a uno los fines de semana con Bio en Tokyo,
en Yokohama,
en Nagoya,
en Hiroshima y otra vez en Tokyo.
Las largas noches en autobús con paradas al baño cada dos horas.
Las madrugadas abandonado en una banqueta cerca de la estación,
demasiado temprano para encontrarla despierta.

Dos horas de regreso en shinkansen,
jugando Zelda en el Nintendo DS.



Es época de cenar en el Okuma.
Y pedir un gohan sencillo,
sólo para recordar.

No sabe igual.




Época de adivinar de dónde son las fotos de Felipe.
De ponerme al corriente escuchando las grabaciones pasadas de Mexicanos En Japón.
De acordarme de cuando no los escuchaba grabados de varias semanas atrás,
sino que chateaba con ellos,
en el mismo huso horario.
Época de, de alguna extraña manera, extrañar esos chats con Manuel, con Felipe,
con Rigo, con Esdras y el tocayo,
cuando, como hoy, me aburría en el trabajo.

Lentos chats en Twitter que me hacían sentir menos solo,
en esa época en que estaba yo allá,
pero ya estaba solo, nostálgico.



Época de querer retomar el blog,
y darme cuenta de que siguen habiendo más escritos el año pasado que éste,
y darme cuenta de que últimamente,
--como cuando aprendí a escribir, hace unos ocho años--
con la nostalgia me es más fácil que con la alegría.

Y darme cuenta de que últimamente no he escrito tanto,
así que las cosas, a final de cuentas,
no andan nada mal.

Lluvia en Tsukuba

Muy bien Cuarto, al principio tú no me caíste bien, y yo no te caí bien, pero vamos a tener que convivir diario por 6 meses. Así que hoy nos vamos a quedar aquí los dos hasta que resolvamos nuestras diferencias.

 

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El pronóstico de hoy: lluvia.

Mientras con calma pienso dónde voy a acomodar todo lo que sigue en mochilas o sobre el escritorio, me siento a descansar y a seguir tomando mi café. Y observo por la ventana cómo la lluvia empieza a caer de nuevo.

No es tanta como en aquella vez, sin embargo sí es igual de disfrutable. Las gotas se van pegando a mi ventana como asomándose a ver qué pasa. Unas se empiezan a formar, otras se ponen donde se les da la gana. Unas se apuran a alcanzar a las otras para hacer que se caigan.

Sí, el pasillo es muy oscuro y pequeño, pero no está mal. Aunque ya me había acostumbrado a las carcajadas de Nacho, a la música de Emanuel, a las risas de Bio y al "su-mi-ma-sen!" de Alan, Cecy y Diana, estar en silencio tampoco está mal. De hecho creo que sí, lo extrañaba un poco.

Aquí lo único que se oye es el ruido del agua acariciando los árboles de afuera. De vez en cuando canta un ave. De vez en cuando pasa un coche a lo lejos. A veces se oye música de un cuarto en otro piso, pero nada más. El sssshhhh de la lluvia me empieza a relajar.

Sólo necesitaba estar solo un rato. No con Juan, no con los africanos... solo.

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Tsukuba Chronicles

Muchos altibajos.

Desde que subí al tren, rumbo a Kyoto, el mismo tren al que ya me había subido muchas veces... desde antes de llegar a Kyoto, ya los extrañaba.

Hace un par de semanas, todavía, cualquier día que quisiera, podía volver al Expo Park a ver las zonas que me faltaron conocer. Cualquier día podía volver al restaurante de carnes, o al de hamburguesas que me recomendaron Abraham y Emanuel. Cualquier día iba a grabar todo lo que hace la tele digital que nos pusieron en el cuarto. En cualquier momento podría en la tarde lanzarme a Osaka a comprar electrónica en Yodobashi. O simplemente bajar al Karaoke y ponerme a cantar con Bio. Cualquier día de estos.

Y hoy, durante el tren, me di cuenta de que ya no. Mi estancia en el OSIC ya es parte de mi pasado. A veces me gusta pensar que pasado, presente y futuro finalmente son parte de mi vida y de alguna manera coexisten, así que siempre será parte de mi vida. Pero la verdad es que nunca me había puesto a pensar que podía usar las palabras "OSIC" y "pasado" en la misma oración.

Nos subimos al Shinkansen. Gran decepción, yo pensaba que era magnético. Que no, que de ésos sólo hay en China y algunos 'de prueba' acá. Pero sí está padre, sí va rápido. Aproveché el tiempo para editar el video del museo de ciencias, que pronto subiré.

Llegamos a Tokyo, ya un poco cansados de cargar tanta maleta. Hasta el señor que nos iba a llevar a Tsukuba se andaba perdiendo entre tanto tren. Ahí fue donde me cayó el veinte de que ya no estoy en Osaka. Ya me había acostumbrado a nombres de estaciones como Takatsuki, Morinomiya, Koenhigashiguchi o Sennichimae. Pero de pronto, esos nombres familiares ya no estaban. ¿"Ueno"? ¿"Tsuchiura"? ¿"Shinagawa"? ¿Qué es eso? ¿Dónde estoy?

Algo más. Quizá fue una primera impresión errónea, quizá estaba cansado, pero me pareció que la gente en Tokyo es bastante menos amable que la gente en Osaka. Bueno, ya lo averiguaremos con el tiempo.

Después de subir las maletas a un camión que hacía paradas con nombres extraños, y caminar 20 minutos atravesando unos condominios en medio de la nada, por fin llegamos al centro de Tsukuba. El señor se despidió diciendo "nos vemos el jueves para que los lleve a hacer su registro de extranjeros" y huyó. Las de recepción nos dieron nuestras llaves y ya. No hubo bienvenida, no hubo sesión de orientación, ni siquiera nos dijeron cómo usar el internet, dónde está el comedor nada. Es más, ni un triste mapa de "aquí estamos, la estación de tren está acá." Nada. (Gracias OSIC por sí hacer todo eso desde el primer día!!) Hasta el jueves.

¿De qué sirve que nos trajeran acá desde hoy (separándonos de todos los demás que pasearán durante la semana de vacaciones), si ni nos van a dar la bienvenida?

Subimos a los cuartos, a un pasillo bastante oscuro con un techo muy bajo.. para llegar a mi cuarto, 526. Ya me había encariñado con el número 432. Pero no, ese número ya no significa nada en el presente. Ahora es 526. Me lo debo aprender, 526.

El OSIC parecía hotel 5 estrellas. Esto parece un hostal. Muy chiquito, muy encerrado, muy oscuro... con solo una ventanita que, eso sí, da a una vista bonita... pero está tan chiquita que ni se puede asomar uno bien. La cama da a una pared blanca vacía. El aire acondicionado está justo junto al escritorio. La lámpara-reloj no podría ser más ochentera. Tengo varias repisas, pero me faltan cajones. No llega luz al closet, a la entrada. Y extrañé a Bio y a todos. Empecé a pelear con el internet porque mi compu no conectaba.

Extraño al  MYCAL. Extraño al JICAbus cada hora, el JICAbus arrancando en punto mientras corríamos en un inútil intento por alcanzarlo. Extraño mi balcón, mi vista al techo del comedor. El comedor lleno de ventanas, iluminado. El amanecer entrando a todo mi cuarto puntualmente a las 6:31 cada mañana. El despertador que nunca oí, el radio, la tele en la que podía jugar al niño recogeflanes, la máquina de helados afuera del comedor, el salón de billar y la máquina de cervezas. El karaoke ruum. Los patos del lago. El Manekiya, el monigote feo del Expo Park, el monoriel pasando por la ventana de mi salón de clases de japonés.

Extraño a Bio, a Lau, a Vane, a Emanuel, a Abraham, a Miguel, a Toño, al "Tocayo Gozaimas", a Clau, a Eva, a Diana, a Nacho, a Alan, a Cecy, a Paquito, a Paco, a Kary, a Caro, a Alicia, a Jesica, a Roger, a Luis, a Paty... hasta a Ismael jeje.

Fuimos al konbini a comprar algo para aguantar el hambre. Parece ser que no hay otra cosa cerca. Sólo un konbini llamado "Mini Stop". ¿Dónde quedaron el Lawson y el Family Mart?

De regreso, después de pelear un rato con la compu, luego no entender el nuevo sistema de pago del comedor --que tiene los mismos platillos pero medio insípidos--, y volver a pelear con el internet, bajé al salón de cómputo a mandar mails y desahogarme.

Al ir rumbo al cuarto me interceptaron un nicaragüense y un cubano bastante amigables. Se quedarán aquí también hasta noviembre. Cuando se estaba saliendo del elevador, el nicaragüense dijo que mañana iba a ir a Akihabara. Si no lo alcanzo mañana en la mañana, tendré que pedirle que  me explique cómo llegar. No debe ser difícil.

El centro realmente está padre. Tiene muchas salas, "Music room" con varios teclados, varios jardincitos, muchos aparatos en el gimnasio, y hasta alberca. Enfrente hay un parquecito bonito.

Es sólo que ya me había malacostumbrado al cuartote del OSIC. Y que no estaba preparado para venir tan pronto. Pero pronto me adaptaré.

Sé que añorar lo que quedó en el pasado no es bueno; hay que tratar de hacerlo mejor en el futuro, conocer todo lo nuevo que nos espera.

Es sólo que estoy cansado.

 

 

Pronto actualizaré este post poniendo las fotos correspondientes... tal vez.

 

 

Jvr ahora está aquí.

Ya me había encariñado con todas las marcas que hice en el mapa, por todo Kansai.

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Ahora tengo todo el Este vacío, y 6 meses más para llenarlo de marquitas.

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Dame una buena razón

Publicado originalmente en BILF.



Bajar MP3



He fallado más de una vez entregando el corazón,
he caído una y otra vez por perder la razón.
Y es que, así como me ves, soy un fracaso en el amor;
siempre hago todo al revés, cada vez resulta peor.

Es por eso que me prometí no volverme a enamorar.
Mejor que todo se quede así, ¿para qué arriesgar?
Si a la alberca me quiero meter y no sé muy bien nadar,
a lo hondo es mejor no ir, acá no está mal.


Pero entonces apareces tú
y siento las mariposas;
ya no hay nubes, el cielo es azul
y yo siento tantas cosas...

Dame una razón para soltarme de la orilla.
Dame una razón para volverlo a intentar.
Prueba que esto no va a terminar en pesadilla.
Dame una razón para creer en el amor.


Esta situación conozco ya: al principio todo bien.
Ven al cine, vamos a bailar, hoy te invito un café.
Luego todo empezará a fallar, lo presiento, vas a ver.
Todo siempre me termina mal, no hay nada que hacer.


Pero entonces apareces tú
y siento las mariposas;
ya no hay nubes, el cielo es azul
y yo siento tantas cosas...

Dame una razón para soltarme de la orilla.
Dame una razón para volverlo a intentar.
Prueba que esto no va a terminar en pesadilla.
Dame una razón para creer en el amor.


Dame una razón para besarte en la mejilla.
Dame una razón para atreverme a algo más.
Dime que está bien alejarme de la orilla.
Dame una razón para creer en el amor.

Dame una razón para creer en el amor.

Dame una razón para creer en el amor.


Viendo el lado bueno

Hace un par de días ya había decidido que lo siguiente que aparecería aquí sería un post quejoso-optimista sobre lo mucho que odio el tráfico de la Ciudad de México.

(Quejoso-optimista: parte de mi filosofía de vida. Si te vas a quejar de algo, no lo hagas describiendo todo lo que odias. Mejor describe cómo es que debería ser.)

Sin embargo, hoy fue un buen día, y como no tengo nada mejor que escribir, lo voy a compartir con ustedes.

Después de que desperté, me volví a dormir, volví a despertar, me bañé y me vestí de prisa, salí del departamento. Pensando en lo que tenía que hacer en el día, cerré las dos llaves de la puerta. Caminé el pasillo, llamé al elevador... y el condenado elevador no llegaba. Se tardó... se tardó... se tardó.

Después de como uno o dos minutos, abrió la puerta... y en ese momento me cayó el veinte de que hoy no tenía que cerrar las dos llaves porque viene la señora de la limpieza. Regresé a abrir la de arriba. Si hubiera llegado el elevador pronto, no me hubiera acordado... y luego todo el día hubiera tenido el cargo de conciencia de que la pobre señora hizo su recorrido de una hora desde su casa para encontrar la puerta cerrada y tenerse que regresar.

Caminé a la pensión. Llegué justo a tiempo para sacar el coche a la hora, para que no se enojen. ¡Qué tonto! ¡Los libros de mi asesor! Hoy voy a ir al Tec, se los tengo que llevar. Ni modo, a darle en el coche toda la vuelta a la cuadra, meterlo tantito al garage, subir corriendo por los libros --y pues ya de una vez, mi carpeta de Xango por si se necesita--, y bajar de nuevo.

Oh, pequeño detalle: al darle la vuelta a la cuadra, ahora sí pude tomar el carril de la derecha de Xola. Cuando salgo de la pensión, me tengo que ir por el izquierdo, y por los carriles del nuevo Metrobús (que ahorita sólo los inteligentes lo ven, como las ropas del emperador) no puedo dar la vuelta a la derecha en Cumbres de Maltrata... tengo que dar una vueltotota por otras callecitas. Pero ahora que venía en el carril de la derecha sí pude darme la vuelta directo sin tener que esquivar taxis y microbuses.

Llego a la oficina... mi computadora murió ayer. Hablo de nuevo a soporte y me dicen que "como ya hay que hacer reemplazo del equipo, y hay que ver disponibilidad en almacén, sí va a tardar un rato..." (ahi pa' Navidad). Peor aún porque el programa que usamos (Edinat) está algo obsoleto y necesita Windows 2000 para correr bien, (en XP ya no jala bien) y ya quieren poner XP en todas las computadoras.

Inteligentemente, llevé mi laptop a la oficina. Pasarme todo el día intentando echar a andar todos los programas que uso en mi lap (incluyendo el mencionado Edinat... en Windows Vista) fue bastante más entretenido y retador que estar esperando todo el día un correo confirmando que Área Técnica ya decidió las especificaciones del proyecto y que puedo empezar. Finalmente logré echar a andar casi todo, digamos como al... 80%. Sí; el programa que no funcionaba bien en Windows XP y con Word XP, lo hice funcionar casi completo en Windows Vista y con Word 2007.

Aplausos.

No sé por qué salió al tema, pero mi compañera de junto, Reyn---digo, Rigoberta (no le gusta que publique su nombre en internet) se quejó de que no podía mover su computadora del trabajo (una laptop) porque está amarrada con uno de esos candados de combinación, que puso alguien que ya no trabaja ahí y ya nadie sabe cuál es la combinación.

Yo recordé que en Canadá a Gaby se le olvidó la combinación de su maleta... y con un poquito de tacto y paciencia, logré abrirla.

Así que me puse el reto de intentar abrir el candadito éste. Al principio me iba a dar por vencido (la maleta tenía tres dígitos, y éste, cuatro... y mi método comienza por probar todos los números desde el 001 hasta que se empiecen a sentir diferentes los cambios), pero finalmente en menos de 3 minutos logré abrir el candado. Así, sin forzarlo ni nada. Simplemente poniendo atención a cómo se sentía cada ruedita al girar y presionar el botón. Y lo abrí. 1087.

Aplausos.

Mi única invitada para el plan de negocios de hoy en la noche me canceló. Pero eso significó que ya no tenía que pasar por ella... y entonces que podía irme al tec directo desde el trabajo.

Así que, en vez de pasar 30 min en el tráfico de la oficina a mi casa, y luego 1hr 20min de mi casa al tec (debería ser menos pero a esa hora hay mucho tráfico), sólo perdí 25 min de la oficina al tec. Allá, tuve tiempo de ir a presionar por mi diploma de especialidad que me deben desde hace dos años y medio, terminar de leer un libro que me regalaron, tomar un café, dejar en la oficina los libros de mi asesor, y platicar tantito con Andrea en el msn.

Estuve platicando con ella sobre las penas que le han estado aquejando. Aunque la conversación fue corta, quiero pensar que algo le dejé.

Ya después, Carrillo me había pedido que yo diera el plan de negocios. Supongo que lo di muy bien, porque al terminar dos personas decidieron inscribirse. Una ya medio sabía, pero el otro llegó sin saber nada... y con sólo oír mi plática se convenció. Qué bueno que llevé mi carpeta, porque Chava sólo traía una copia de la solicitud.

Aplausos.

De regreso a mi casa, en la lateral de Periférico antes de salir a Tlalpan, se me cerró medio feo un camión de esos que transportan coches. Traía hasta atrás un Cordoba plateado. Quiero uno de esos... nomás que rojo. Y arriba traía otro que se veía bonito... pero no supe qué modelo era. De hecho, traía un "parche" blanco pegado alrededor de la chapa de la cajuela... y otros dos a los lados junto a las calaveras. Intuyo que se trata de un modelo nuevo, súper secreto, que nadie debe saber que existe aún, y por eso le taparon el logo y el nombre del modelo. Y yo fui el primero en todo el mundo en verlo. Estaba padre.

Moraleja: Si del cielo te caen limones, haz limonada.