Estaba buscando el video de nuestra presentación final en Osaka, pero a Youtube se le ocurrieron mejores ideas:
"Maestras buenas" y "maestras enseñando" tampoco suenan mal...
Estaba buscando el video de nuestra presentación final en Osaka, pero a Youtube se le ocurrieron mejores ideas:
"Maestras buenas" y "maestras enseñando" tampoco suenan mal...
OK, hoy es viernes. So?
Últimamente en el camión acá rumbo al instituto se han hecho muchos comentarios tipo "falta sólo un día para el viernes", "por fin es viernes", etc. Inclusive una compañera de Kenya nos comentó que ellos al friday de broma le dicen "furahiday" porque en su idioma furahi significa felicidad o algo así.
Sí, todo mundo espera con ansias el viernes.
Y el domingo, todo mundo sufre porque ya mañana es lunes.
Y el lunes todo mundo sufre, y a veces por el resto de la semana, hasta que llega el viernes.
Si este es tu caso, déjame decirte que creo que en algún momento de tu vida tomaste una decisión equivocada.
Si sólo disfrutas de viernes, sábado y domingo, estás disfrutando menos de la mitad de tu vida. Si odias con odio jarocho los lunes, estás odiando la séptima parte de tu vida. Si piensas vivir, digamos, 70 años, estás tirando DIEZ AÑOS a la basura. Sabes lo que se puede hacer en diez años? Y sólo eres feliz durante 30 años. Y los otros 30 ahi vas, sobreviviendo como árbol, donde le tocó vivir.
Entonces, señores, no odien los lunes. No se pasen toda la semana esperando a que llegue el viernes. Hay que disfrutar todos los días. Sí, a veces da hueva regresar a trabajar (y entonces me remito a lo que alguna vez les pregunté a varios en GNP: si pudieras hacer cualquier trabajo en el mundo, ¿qué harías?), pero hay que buscarle lo disfrutable. O al menos generar que el lunes de la semana próxima sea disfrutable. Yo estoy tratando de diseñarme una vida en la que los lunes sean tan disfrutables como cualquier día.
De que se puede, se puede. Sólo es cuestión de actitud.
Aunque de las 10 personas que leen este espacio sólo conozco personalmente a 5, de alguna manera ya les he tomado confianza, así que les contaré algo.
Hace prácticamente un año, por recomendación de varias fuentes, hice un collage con fotos. Fotos de cosas que me hicieron feliz en el pasado, cosas que disfruto en el presente, y cosas que quiero obtener en el futuro. Lo hice en un corcho para poder estarlo cambiando.
Hace un año, todavía no metía papeles para la beca, ni siquiera sabía bien cómo iba a estar el asunto. Pero yo sabía que quería venir a Japón, así que busqué un par de fotos que estuvieran padres. Encontré una de la ciudad, con muchas luces y todo, y una de la entrada de un templo. Nunca me fijé dónde estaba ni cómo se llamaba ni nada, sólo que se veía bonito.
Lo puse en un lugar donde pudiera verlo todos los días, y de hecho me lo traje a Japón. Tiene ya muchos huecos, entre cosas que ya tengo y quité la foto, y otras fotos que me falta ponerle.
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El domingo pasado yo quería ir a Nara. Ya estaba todo planeado, pero de último momento se cambiaron los planes y fuimos a Kyoto.
Llegando, todos fueron a un kiosko de turismo a agarrar mapas. Yo primero no pensé en agarrar uno, pero Bio insistió en que agarrara uno. Veníamos como 10 personas, y varios ya sabían exactamente qué lugares querían visitar, así que yo prefería esta vez evitarme la molestia de pensar y limitarme a seguirlos y disfrutar de todo lo que viera.
Yo estaba feliz, porque visitamos varios templos muy parecidos a los de la foto que yo tenía en el corcho, aunque no estaba seguro si eran los mismos. "No, éste está muy chiquito, creo... " "Mmm a éste le faltan escalones..."
No contaba con que los que iban "lidereando" caminan demasiado rápido y no esperaban a nadie. Cada vez que nos deteníamos a ver algo en especial, arrancaban de repente sin avisar.
En una de esas, se desaparecieron y me quedé solo con Bio. Solos, desamparados, en una ciudad desconocida, armados con el suficiente japonés para poder preguntar "dónde estación tren?" (pero insuficiente para entender la respuesta)... y con un mapa. Un mapa que no iba a a agarrar, pero el Ente Supremo Bloggístico decidió que sí debía agarrarlo. Un poderoso mapa que, si bien le faltaba el importante "Usted está aquí", tenía dibujitos de las cosas más importantes que debíamos visitar. Los dibujitos siempre son buenos, hay que pensar menos.
Bio vió en el mapa un templo que decía "Kiyomizu", y el nombre le sonaba a algo que una maestra le había recomendado ir. A mí ahorita me suena a tiramisú, mmm, cómo se me antoja. La verdad ya estábamos muy cansados y pensamos que lo mejor era ya regresar a la estación de tren. Sin embargo, desde donde estábamos nos quedaba medio de camino, así que decidimos desviarnos un poco e irlo a visitar.
Cuando llegamos, le dije "¿Te acuerdas que te dije que al otro le faltaban escalones?", aunque la verdad no estaba seguro de que fuera el de la foto, porque todos son muy parecidos, mi templo de la foto del corcho podría ser cualquiera de cualquier ciudad de Japón. De todas maneras decidimos visitarlo y tomarnos fotos. Estaba muy padre.
Les dejo las fotos para que ustedes comparen.
Bueno, les voy a ayudar en la comparación.
Jvr estuvo aquí.
Lean también Suerte.
Decides subirte.
Baja la barra de seguridad, la conversación empieza.
El carrito empieza a subir. Traca, traca, traca, traca... te empieza a contar que está triste. Te platica todo lo que le pasa. Unos minutos más tarde, por fin llegas hasta la parte de arriba. Desde ahí ves todo. Y ya no hay marcha atrás. Empiezas a hablar.
Tomas velocidad. Expones todos tus argumentos. El carrito fluye sin problemas. Bajadas, subidas, todo parece dominado.
En cierto momento, decides arriesgarte. Soltar la barra. Levantar las manos. Contar un secreto.
No fue tan mal.
Pero entonces, llega una vuelta que no esperabas. Un secreto que encaja con el tuyo. Sube la velocidad, sientes pasar el piso muy cerca, y luego te levanta otra vez. Y se siente bien. Muy bien. El carrito parece detenerse por un momento, pero es sólo para volver a tomar velocidad.
Empezabas a soltar las manos con más confianza, pero las vueltas se vuelven más bruscas y decides agarrarte otra vez. Un rizo. Un tornillo. Una afirmación que no sabes cómo contestar. Una frase que te hace recordar que tú también tienes miedo.
Empiezas a agarrarle el ritmo al paseo. Descubres que soltarse se siente bien. La velocidad te gusta. Se vuelve muy disfrutable.
De repente, sin fijarse, alguien dice una palabra inocente pero precisa que activa una carga de tristeza en la otra persona. Y la montaña hace un giro brusco con una bajada, y tú no estás bien agarrado, y te toma por sorpresa, y sientes miedo, mucho miedo. Sientes que la adrenalina podría salirse por tus oídos y mejor te vuelves a agarrar fuerte, muy fuerte. Cierras los ojos y esperas que esto pronto termine. Y por un momento, desearías no haberte subido.
Luego te das cuenta que sólo fue eso. Un giro brusco. Nada grave. La montaña aún sigue siendo disfrutable. Abres los ojos. Gritas de emoción en las últimas subidas y bajadas. Descubres que abrir tus sentimientos no es tan malo como parecía.
Sonríes. Disfrutas. Y empiezas a pensar en los otros juegos a los que te quieres subir.
Cuando más lo estás disfrutando, llegan las últimas vueltas. La velocidad empieza a bajar. Empiezas a respirar más tranquilamente. La conversación ha terminado bien. Empiezas a despedirte.
El carrito se detiene. Sonriendo, tranquilo, feliz, sólo esperas a que se abra la barra de seguridad.
Te bajas y corres de nuevo a formarte, para subirte otra vez.
=)
Dieron las 4 de la mañana. Todos en la casa se empezaron a mover. Métete a bañar. Ya sube las maletas que están listas. ¿De quién es esa chamarra? Vamos a buen tiempo. Su vuelo sale a las 7. El mío, a la 1. Yo sigo dormido. Adiós Javier, nos vemos allá. ¿No te quieres subir al sillón?
Apagan la luz. Se oye el ruido del garage cerrando. Me quedo solo.
Por alguna razón, del silencio en mi cabeza empieza a hacer eco muy fuerte una de las canciones que cantamos cuando en primaria me fui de intercambio a Cincinnati. Una, para cantar un canto que nos una... Se acerca la hora de partir y me empieza a caer el veinte de muchas cosas.
Aprendí que a veces puede ser divertido coquetear sin importar con quién.
Que hay personas con quienes me puedo encariñar muy fácilmente, pero luego olvidarlas con la misma facilidad.
Que estar a solas al lado de una chava guapa viendo las estrellas en la noche oscura y despejada en el jardín de una tranquila cabaña junto al lago podría ser la situación más romántica del mundo, pero también puede no serlo.
Que 3 años se pasan muy rápido.
Que las personas vienen y van, cambian de lugar, pero los corazones se quedan.
Que los amigos de mis amigos son mis amigos, y no quiero dejar de verlos.
Que no importa cuántos souvenirs compres, al momento de partir no son nada comparado con las ganas de quedarte.
Que lo que me duele del "regreso a la realidad" no es regresar a trabajar, sino dejarte aquí.
Que, habiendo tantas personas a quienes quiero dedicarles tiempo en mi vida, más vale encontrar una forma de ganarse la vida que no requiera de mucho tiempo.
Que el sentirse solo o acompañado no tiene que ver con quién esté a tu alrededor, sino quién está en tu interior.
Que no importa si tengo 26 años o 12, no importa si es Montreal o Cincinnati, en muchos sentidos sigo siendo el mismo.
Empieza a salir el sol. Es buen momento para verificar las maletas.
